| Belén Gache Luna India, Buenos Aires, Ed. Planeta, Biblioteca del Sur, 1994 Capítulo 1 |
| COCODRILOS ROJOS EN LAS PLAYAS DE KOOKAMOOGA A través de los vidrios oscuros de mis anteojos terminados en punta veo cómo Karina sorbe un líquido espeso y rosado que sube por una pajita a rayas. Estamos esperando a Jo, sentadas en el bar de Ezeiza y los aviones se precipitan sobre nuestras cabezas como enormes y furiosos pterodáctilos, cada uno de ellos rompe con su estruendo la mañana densa y pesada, con olor a lluvia. Veo a los pterodáctilos empequeñecerse hasta desaparecer en el horizonte, igual que las paralelas marcadas por las pequeñas lucecitas celestes, brillantes, difusas, de la pista de aterrizaje. Karina sorbe esa espuma rojiza, sintética del licuado de frutilla que acabamos de pedir y que parece no querer terminar de subir hasta su boca y yo pienso que los aeropuertos son lugares bastante extraños, el lugar donde los demás desaparecen de pronto, el lugar desde el cual uno se ve catapultado hacia las estrellas, y cruza por mi mente esa sensación de desconcierto al dejar un presente-pasado e ingresar de golpe en un presente-futuro y supongo que quizá sea una ofensa inhumana, casi divina que doce horas duren nada más que nueve, aunque de todas formas quién puede ser demasiado humano allá arriba, ocupado en disimular los kilómetros de aire que corren debajo del fuselaje, ocupado en disimular lo solos que estamos navegando entre el silencio de las estrellas. Doy vueltas a mi pajita, que es amarilla, y formo surcos espiralados en mi licuado, y parece que estoy mezclando Loxon bermellón dentro de un vaso y decido que nunca más voy a tomar ésto. En la mesa de al lado se acaba de sentar un gordo con un traje arrugado que transpira exageradamente a pesar del aire acondicionado. El gordito saca del bolsillo interior del saco, que no sólo está arrugado sino también cubierto de manchas, un pañuelo también sucio y arrugado y se lo pasa por la frente para enjugar ese millar de gotitas doradas que perlan su cabeza semicalva y deduzco que debe haber llegado en el vuelo de Los Angeles porque veo una enorme valija roja junto a su pierna. Es de piel escamada, como de cocodrilo, y tiene pegada una enorme calcomanía con un tipo musculoso y bronceado haciendo equilibrio sobre una enorme tabla de surf. Abajo de la tabla puedo leer HOT SUMMER IN KOOKAMOOGA BEACHES y pienso si habrá cocodrilos rojos en las playas kookamoogavenses y me imagino a mí misma montada en una terrible ola con cara de cocodrilo rojo y de pronto me doy cuenta de que mi tabla no es una tabla de surf sino una valija que se llena de agua y se hunde de a poco en el helado Pacífico. Pero Karina sacude mi brazo y vuelvo en mí y veo que señala la pequeña pantalla de monitor que cuelga de una de las columnas cercanas y reproduce los datos de la pizarra central: 09.15-NY-MIAMI-BUE...EN ZONA. Las letras titilan nerviosas durante unos cuantos segundos. El cuerpo de Karina es pesado y pecoso y su largo pelo rojo le cae sobre la espalda como un infierno. Me es imposible dejar de mirar esas llamaradas naranjas que resplandecen sobre su pulóver verde oscuro -de hecho, creo que a nadie se le ocurriría ponerse un pulóver de ese color salvo a un pelirrojo-. Dejamos un par de billetes junto a los licuados sintéticos y sigo a Karina escaleras abajo. Nos perdemos entre el enjambre de personas salidas de la nada -del horizonte pampeano, de la llanura infinita- que de repente inunda el hall de arribos, hace quince minutos nomás totalmente desierto y apagado, como si alguien de pronto hubiera puesto una ficha en el flipper AEROPUERTO y todas las luces se hubieran encendido, junto con las voces, los ruidos y el eterno, esencial, omnipresente rugir de los aviones como fondo. Alguien puso la ficha, así que ahora todos nos dirigimos como autómatas hacia la salida de la Aduana mientras una voz femenina demasiado cálida, tan cálida que suena como congelada, inunda el aire con un extraño eco, como si la misma mujer metálica hablara a través de dos bocas simultáneamente "...Ammerriccann Airrllinness annunnccia lla lllleggadda..." Karina se adelanta y consigue colocarse cerca de la valla y yo me quedo atrás. Guardo mi distancia, me paseo por los contornos de esa isla humana y veo la pampa húmeda rajarse por los truenos de los motores a través de las paredes de cristal. Pasan treinta minutos y treinta minutos más y las puertas no se abren y todos siguen ahí sin otra cosa que hacer salvo mirar sus propios reflejos en los paneles espejados mientras yo suspiro y trato de esquivar a tres nenitos rubios sin dientes que pasan zumbando junto a mí con los brazos abiertos como alas de avión, PRRRRRRRRFFFFFFFFFFFFFF, las consonantes escupidas por entre los motores de colmillos ausentes salpicando al pasar mi blusa de seda color mostaza. Miro hipnóticamente la maldita puerta espejada que no termina de abrirse e imagino salir por ella más de diez Jos distintas, algunas bastante simpáticas, otras más bien antipáticas, otras altas y otras bajas, así que ahora la Jo real va a tener que medirse con todas ellas. Por fin comienza el desfile de pasajeros demasiado cansados para estar nerviosos, demasiado nerviosos para estar cansados, con las valijas revueltas, mal cerradas, trastocadas, extraviadas y, lo que es peor de todo, en Buenos Aires, después de haber estado hace apenas unos minutos flotando tan cerca de las nubes, de los ángeles de largos bucles que tañen liras doradas. Casi al final del pelotón, arrastrando un carrito que lleva un enorme bolso plateado, con una mochila negra al hombro y una campera de cuero rojo en el brazo, veo una chica de unos veintiocho años, con aire de haber salido recién de una gran nave espacial. Karina empieza a mover frenéticamente los brazos: -¡Jo, Josefina!
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